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Sonambulismo sexual

Sonambulismo sexual, una nueva enfermedad

 

Extraña conducta nocturna. La Academia Estadounidense de Medicina del Sueño acaba de reconocer a la sexsomnia como nueva dolencia

 

Tenía al marido encima. La despertó y la obligó a tener relaciones. Hasta ese momento, él nunca había sido violento. No lo pudo parar. La escena empezó a repetirse, siempre después de que se durmieran. Marcelo no recordaba nada a la mañana siguiente. Jorgelina pensó en separarse, mientras el trauma crecía. Decidieron consultar. Recibían diagnósticos erráticos. Llegaron a un centro de salud especializado en medicina del sueño. En ese momento, Jorgelina se enteró. Marcelo tenía una rara enfermedad: sexsomnia.

 

La sexsomnia acaba de ser reconocida por primera vez como enfermedad. En mayo de este año, la Academia Estadounidense de Medicina del Sueño (AASMNET) la incluyó en su catálogo. El padecimiento forma parte del grupo de enfermedades conocidas como “parasomnias”, actividades motoras que se realizan dormido. ¿Qué significa? Que así como el sonámbulo hace movimientos complejos sin conciencia, quien sufre sexsomnia puede mantener relaciones muy agresivas sin saber qué está pasando.

 

“Lo primero que hay que recomendarle a una pareja que pasa por esto es que empiecen a dormir separados, al menos hasta que los episodios sean menos frecuentes”, dice la jefa de la unidad de Medicina del Sueño del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, Mirta Averbuch, que estudia el tema. “Pasa lo mismo que con el sonámbulo, lo mejor es no despertar al paciente en ese estado. El trastorno es nuevo, pero existen tratamientos”, tranquiliza.

 

De todos modos, hay pocas investigaciones sobre el tema. Un estudio canadiense señaló que el 8% de las personas que se atienden por sonambulismo afrontan este mal. El mismo trabajo señala que la sexsomnia es más común en hombres. “El desconocimiento y la vergüenza en los pacientes evita que se sepa más. No se trata de una enfermedad relacionada con la epilepsia, como muchos creen”, aclara Averbuch.

 

El sexólogo León Gindin admite que los casos no llegan a los consultorios, y advierte: “Hay que tener cuidado porque mucha gente podría llegar a querer disimular una abuso sexual amparándose en esa enfermedad. Es necesario ser precisos en el diagnóstico”.

 

Averbuch dice que los casos se detonan cuando el enfermo está expuesto a fuerte estrés. Al igual que con los sonámbulos, la actividad motora aparece en la fase tres del sueño. El tratamiento incluye sedantes derivados de la benzodiacepina, que bloquean el sueño profundo. También terapia cognitiva y hasta cursos de relajación.

 

Arquitecto López Quiroga

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Eyaculación femenina

Eyaculación femenina

 

Durante el orgasmo femenino una de cada mil mujeres eyacula.

No se da en todas la relaciones, y la mayoría de ellas descubre esta capacidad sin buscarla, pero -al contrario del mítico punto G- es una realidad.

 

De qué se trata.

 

La principal diferencia con la lubricación es que la eyaculación femenina aparece durante el orgasmo.

 

La Eyaculación Femenina no es un tema nuevo, pero si es un fenómeno que sorprende a muchas mujeres y del que se habla muy poco. La primera reacción de las mujeres que la experimentan es sorpresa y temor. En ambos casos, la reacción tiene que ver con la falta de información. Así como hace años era frecuente que a las mujeres las sorprenda la menarca (primera menstruación) sin tener información al respecto, lo mismo sucede con la eyaculación femenina en la actualidad.

 

La educación sexual tiene que ocuparse de describir la anatomía e informar sobre métodos anticonceptivos, pero también tiene que dar información acerca de diferentes situaciones con las que un hombre o una mujer pueden encontrarse a lo largo de su vida sexual.

 

En el Kamasutra se habla de un líquido que segregan las mujeres al que llamaban “néctar sagrado” y el médico griego Hipócrates también hacía referencia a esto.

 

Por su lado el médico y anatomista holandés Regnier de Graat (1641–1673) mencionaba un líquido que según el chorreaba de las partes pudentas.

 

Ya en el siglo XIX Ernst Grafenberg realizo investigaciones en las que hablaba de estos fluidos y explicaba que en ocasiones había que poner una toalla debajo de la mujer para no mojar las sábanas.

 

Fue Alexander Skene quien en el siglo XIX describió dos glándulas que por ser el descubridor llevan su nombre y son conocidas como Glándulas de Skene. Están situadas en la pared anterior de la vagina, alrededor del orificio externo de la uretra, y se encuentran íntimamente ligadas al área en donde se focaliza el llamado punto G, que dicho sea de paso, no existe pero sí existe una zona especialmente sensible. A estas glándulas también algunos autores las reconocen como glándulas uretrales, parauretrales, glándulas vestibulares menores, punto U o próstata femenina.

 

En el año  2003, Emanuele Jannini de la Universidad de L’Aquila en Italia ofreció una explicación para este fenómeno, así como para la frecuente negación de su existencia. Según él las aperturas de la glándula de Skene varían generalmente en tamaño de una mujer a otra, al grado de que en algunas mujeres ha desaparecido enteramente.

 

Si las glándulas de Skene son la causa de la “eyaculación femenina”, esto puede explicar la ausencia observada de este fenómeno en muchas mujeres. Este dato no es menor ya que muchas mujeres consultan preocupadas por no vivir esta experiencia.

 

Algunos ginecólogos consideran que la llamada Eyaculación Femenina es segregada por tejido prostático parauretral, presente en un 1 de cada 1.000 mujeres.

 

Lubricación vaginal

 

La lubricación vaginal es frecuente en todas las mujeres (salvo en algunas situaciones específicas), y se considera la primera fase de la respuesta sexual femenina (equivalente a la erección masculina), acompañada de la segregación de un líquido transparente característico, llamado flujo vaginal, producido por las glándulas de Bartolino, que se encuentran en las paredes vaginales, encargadas de lubricar los genitales, para facilitar la penetración sin dolor.

 

La principal diferencia entre la Eyaculación Femenina y la lubricación es que la primera se da durante el orgasmo, y en cambio la lubricación desde el inicio de la relación.

 

Las mujeres que vivieron esta experiencia eyaculatoria relatan que el principio se sorprendieron e incluso creyeron que era orina, pero pronto se dieron cuenta de que no lo era y que al informarse se enteraron de algo que en general nunca habían escuchado. Por otro lado cuentan que no se da en todas la relaciones, y la mayoría descubren esta capacidad sin buscarla.

 

Patricio Gómez Di Leva, psicólogo y sexólogo.

 

Arquitecto López Quiroga

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Masturbación

Masturbación no es una mala palabra.

10 S Masturbación

La masturbación es una actividad sexual sana y normal. Es una de las maneras en que empezamos a conocer nuestro cuerpo, nuestros genitales y su respuesta frente a los estímulos. Es el camino para empezar a conectarnos con el placer y no hay nada de malo en ello.

 

Toda significación peyorativa o negativa no le pertenece a la actividad en sí, sino que surge de una construcción social y cultural que todavía censura y reprime la sexualidad y sus manifestaciones.

 

La masturbación, es decir, la auto estimulación de los genitales, es una actividad sexual que permite explorar y conocer el cuerpo y sus sensaciones. A veces se realiza con el fin de descargar tensiones y otras sólo por la búsqueda de placer.

10 S Masturbación  1

Pero… ¿Qué pasa cuando la nombramos o hablamos de la masturbación o de temas sexuales en general?

 

Para empezar, observamos cierta dificultad para utilizar un lenguaje correcto que no sea grosero, infantil ni vulgar. Luego, confundimos y la consideramos una mala palabra cuando no lo es. Los bebés y los niños se masturban. Acarician sus genitales o los rozan contra la ropa u objetos y esto los relaja y genera júbilo y satisfacción. Son los adultos que lo observan quienes se espantan, se asustan y tienden a reprimir esa actividad. “¡No te toques! ¡Eso está mal! ¡Es chancho y sucio!”, son algunas de las expresiones que suelen utilizar los adultos cuando “descubren” a un niño/a acariciándose.

 

¿Por qué darle un significado negativo a una actividad que sólo consiste en acariciar el propio cuerpo? ¿Si nos acariciamos la cara, los brazos, la cabeza, también está mal?

 

Si bien son los padres quienes deben transmitir normas y valores a sus hijos, en este caso sería mejor, antes que reprimirlos, explicarles que la masturbación es un acto normal y privado que se debe realizar en la intimidad y no frente a otras persona.

 

El sentimiento de culpa que despierta la actividad masturbatoria surge de la actitud que toman los adultos y de sus expresiones basadas en los valores sociales y culturales que han aprendido. Masturbarse no deforma los genitales, ni saca pelos en las manos, ni es un acto perverso. No hace daño. Los seres humanos forjamos nuestra identidad y nuestra sexualidad desde la niñez y lo que aprendemos y/o “mal aprendemos” en esa etapa, nos acompañará el resto de nuestras vidas.

 

Lo que aprendimos y la vida sexual adulta

 

La educación sexual recibida, las pautas culturales, las experiencias infantiles y los roles de género estereotipados suelen ser la causa u origen de muchas disfunciones sexuales. Los varones, cuando son pequeños, también son reprimidos en esta actividad masturbatoria, pero en la adolescencia y la adultez se la tolera sin tantos prejuicios y hasta se admite como algo “natural” y necesario que un hombre se masturbe.

 

No es así con las mujeres, que aprenden y creen que tocarse los genitales es un acto perverso y sucio o que están enfermas si desean hacerlo. El clítoris, órgano sexual que está presente sólo en las mujeres, se encarga de decodificar los estímulos y desencadenar el orgasmo. El clítoris es reconocido y descubierto por lo general a través de la actividad masturbatoria.

 

Muchas mujeres concurren a los consultorios médicos y psicológicos refiriendo que sufren de anorgasmia, es decir, que no logran llegar al orgasmo en una relación sexual. La mayoría de ellas jamás se ha masturbado, o por lo menos nunca lo han hecho de adultas y con conciencia de sus actos. Suelen avergonzarse frente a la pregunta del especialista y reflejan en sus respuestas la valoración negativa que ellas mismas tienen de esa práctica sexual.

 

A medida que se avanza en las entrevistas agregan que tampoco han sido estimuladas por sus parejas. Creen que la penetración es el único camino para lograr el orgasmo, que éste debe producirse de manera rápida y automática, y que de no ser así, son ellas las que tienen una falla. Las mujeres suelen alcanzar el orgasmo con mayor facilidad, estimulando directamente el clítoris.

 

Es una concepción errada, cargada de prejuicios y valores culturales, la que le atribuye un mayor valor al orgasmo alcanzado a través de la penetración, en comparación con el que se logra por la estimulación directa del clítoris. Es importante destacar que en el orgasmo con coito, el clítoris también está presente de forma indirecta.

 

Los ejercicios de auto estimulación del clítoris, observar y conocer los genitales con un espejo son algunas de las prácticas que se indican para iniciar el camino del auto conocimiento del cuerpo y de las sensaciones físicas y emocionales. El trabajo psicoterapéutico acompaña y resulta muchas veces indispensable para deshacer los caminos que han llevado a la represión de esta actividad sexual y a las culpas que ésta despierta.

 

Cuando una mujer conoce su cuerpo y se despoja de prejuicios, tabúes y culpas, se siente más libre y está más cerca de encontrar el placer y la satisfacción que desea para sí misma y también para su pareja sexual. Las mujeres deben animarse a transmitirle al varón lo que les gusta en la relación sexual, ya que los varones no son adivinos y a veces necesitan de su guía. Seguramente, un compañero que desee complacerla, se sentirá muy a gusto viéndola disfrutar y respondiendo a sus requerimientos.

 

Lic. Andrea Gómez, psicóloga y sexóloga.

 

Arquitecto López Quiroga

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Consolador

Consolador

04 S Consolador

El consolador (también conocido en su forma inglesa como dildo) es un complemento sexual utilizado desde tiempo inmemorial para la masturbación, existiendo indicios de que era utilizado hace unos 30 000 años.

En algunas relaciones sexuales también suele añadirse como parte del juego sexual.

 

Etimología

 

El nombre inglés dildo se refería originalmente a un instrumento náutico que se usaba para asegurar los remos de una lancha. El dildo de madera, que tenía una forma parecida a la de los dildos modernos, se insertaba en un orificio que las naves tenían para este propósito. El poblado de Dildo y la Isla de Dildo en Terranova (Canadá) recibieron su nombre de ese dildo náutico.

 

Es probable que el juguete sexual haya recibido su nombre del instrumento náutico por la similitud de su forma. También es probable que el nombre se derive de la palabra italiana diletto (‘deleite’). 1

 

El uso del término dildo como objeto sexual aparece por primera vez en el lenguaje inglés durante el siglo XVII, en las obras de teatro El alquimista de Ben Jonson y El cuento de invierno de William Shakespeare.

 

El uso del término inglés dil doul para decir pene erecto también está documentado en el siglo XVII en el título de la canción The maids complaint for want of a dil doul, que se traduce como ‘la queja de la chica por la falta de un Dil Doul’. 2

 

El término «olisbo», que viene del griego ολισβός (olisvós), se refiere a los consoladores de apariencia realista que incluyen testículos.

 

Godemiche es un consolador con forma de pene y escroto.

Фаллоимитатор (falon-imitator: imitador del falo)

Darshildo, en hindi

Cala goeg: ‘pene falso’, en galés.

 

Historia

 

Las referencias más antiguas que se conocen es que detallan su uso como elemento decorativo o escultórico durante celebraciones de fiestas de fertilidad o cosecha, en muchas ocasiones acompañadas de vaginas, penes y testículos, en muchas culturas ancestrales.

 

El consolador más antiguo del mundo es un falo de piedra muy pulida de 20 cm de longitud y 3 cm de diámetro, del 27.000 a. C. (del periodo Paleolítico Superior). Fue encontrado en la cueva Hohle Fels, a unos 500 m sobre el nivel del mar, en el valle del río Ach, cerca de la aldea de Schelklingen (Ulm, Alemania). Estaba roto en varios pedazos, y recién en 2005 (cuando se halló el trozo Nº 14 se pudo armar el rompecabezas. 3 Actualmente se expone en el museo prehistórico de Blaubeuren, en una exhibición llamada «El Arte en la Era de Hielo: Indudablemente Masculino».

 

Olisbo del 27 000 a. C.; hallado en Dolní Věstonice (República Checa)

En Dolní Věstonice (República Checa) se halló un consolador también del 27 000 a. C. Los arqueólogos decidieron que era una típica Venus paleolítica, pero estilizada (aunque no pueden explicar las estrías transversales).
Las muestras de restos arqueológicos así como en escritos se han encontrado pruebas de su uso por las culturas más adelantadas en su tiempo, incluyendo los egipcios, griegos, romanos y chinos. Los romanos hacían objetos semejantes a enormes penes con velas.

 

En el siglo VI a. C. los egipcios utilizaban consoladores. En un vaso griego del siglo VI a. C., se ve una mujer inclinada para realizar sexo oral a un varón, mientras otro varón le introduce un consolador en el ano. 4 En otro vaso griego del siglo V a. C., se ve una mujer utilizando un consolador.

 

Existen documentos indicando que durante la época griega se vendían los olisbos, que estaban hechos tanto en piedra, como cuero y a veces de madera.

 

En el antiguo Oriente se fabricaban consoladores con boñiga de camello seca y recubierta con resina.

 

Las mujeres chinas en el siglo XV utilizaban consoladores de madera laqueada, con superficies texturizadas.

 

Durante la Italia del Renacimiento, al uso del consolador se le añadió el aceite de oliva como lubricante.

 

En la época victoriana se comienza a emplear el consolador de goma, más cómodo que sus iguales anteriores. Fue durante ésta época cuando se empiezan a tratar casos de histeria  haciendo uso de consoladores y vibradores (que se hicieron muy populares terapéuticamente) pero sólo y exclusivamente para ese único uso, ya que el procurarse placer sexual estaba prohibido para la mujer por ser algo escandaloso.

 

En 1966 el estadounidense Ted Marche fue el pionero en la manufactura y distribución de consoladores de goma y otros juguetes eróticos. 5

 

Llegado el siglo XX y la cinematografía se comienzan a dar otros usos artísticos al complemento sexual.

 

En la actualidad existen de todos los tamaños, formas y flexibilidad, de manera que pueden alcanzarse las principales zonas erógenas del cuerpo, sabores y colores para quienes no soporten el gusto o la textura del elemento con el que está fabricado.

 

Variantes

 

Consolador doble.

 

Algunos consoladores son utilizados en relaciones sexuales de pareja a modo de prótesis, bien para alargar el tamaño del pene (como es el caso de las llamadas «fundas») o para ser usado por parejas lesbianas.

 

Hay consoladores que tienen una terminación curva para estimular el punto G o la próstata, diseños dobles que se pueden emplear simultáneamente para la penetración vaginal y anal y los consoladores de forma cónica para uso en el ano (que en inglés se llaman butt plug: ‘enchufe para el culo’).

 

Cuando el consolador se utiliza con un arnés de cintura que se pone alrededor del cuerpo, similar al que se usa en escalada pero con algunos cambios, ese método se conoce en inglés como strap on 6 (que podría traducirse como ‘con correa’), y suele verse escrito en castellano como «estrapón» o «cinturonga».

 

También para el sexo en pareja existen consoladores flexibles que vienen pegados a un anillo para pene, consoladores que se ajustan al mentón o piocha para ser usados durante el sexo oral y consoladores que se ajustan al muslo durante el tribadismo.

Es uno de los juguetes sexuales empleados en la doble penetración.

 

Notas

1 Online Etymology Dictionary (diccionario virtual de etimología).

2 EMC. English.ucsb.edu (archivo de baladas inglesas, del Early Modern Center).

3 News.BBC.co.uk (fotografía del consolador de 29 000 años de antigüedad).

4 John Boardman: Athenian Red Figure Vases: the Archaic Period. Thames & Hudson (World of Art), 1975. ISBN 0-500-20143-9, ISBN 978-0-500-20143-5.

5 Alta-Glamour.com (línea del tiempo de la historia de la sexualidad en Occidente, desde el siglo XVII).

6 Karlyn Lotney: The Ultimate Guide to Strap-On Sex: A Complete Resource for Women and Men. Cleis Press, 2000. ISBN 978-1-57344-085-1.

 

Fuente: Wikipedia

 

Arquitecto López Quiroga

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Malos en la cama

¿Cómo decirles que es malos en la cama… sin herirlo?

10 S Cómo decirle que es malo en la cama

Si hay algo que lastima a los hombres en lo más profundo de sus egos, es mencionarles o apenas insinuarles que son malos amantes, malos en la cama. Pero el silencio es un verdadero problema para el placer sexual. Te ayudamos a encararlo.

 

La mayoría de las personas creen que no es necesario hablar de sexo. Si la relación no es perfecta o si existen ciertas dificultades concluyen que es porque no están verdaderamente enamorados, en vez de pensar en un posible problema de comunicación. Suponen que, si el otro los quiere de verdad, debe adivinarles el pensamiento. Más aún cuando la insatisfecha es la mujer. Olvidan que, incluso en el siglo XXI, la sexualidad está rodeada de mitos y tabúes.

 

Si existe algo que hiere a los hombres en lo más profundo de sus egos, es mencionarles o siquiera insinuarles que son malos en la cama. Entonces, si ese es el problema, ¿qué puedes hacer? ¿Cómo se lo dices? Porque es atento, cariñoso, compañero, estás enamorada… Pero a la hora del encuentro sexual hay algo que no te convence, te aburre o, incluso, no te gusta y temes terminar perdiendo el interés sexual por él.

 

Todo se puede hablar

 

Partimos de la base que la comunicación es fundamental en la pareja y que cualquier problema que se presente no es tema de uno, sino de los dos, el poder solucionarlo. El silencio, la falta de información y los prejuicios son verdaderos problemas para el placer. Además, es difícil que la complicidad sexual entre dos personas pueda darse sin una comunicación honesta y sincera.

 

Para romper el hielo y poder mantener una conversación tan íntima es importante que él se sienta relajado, y no acusado o en guardia. Nunca hay que hablar en el momento de tener el encuentro sexual. Puedes poner un poco de música, decirle que todos necesitamos aprender a conocernos sexualmente y que tu intención es compartir con él confidencias mutuas para que mejoren los encuentros.

 

¿Qué tal si comienzas por contarle tus necesidades, deseos, anhelos, secretos, temores y fantasías? ¿Y si le preguntas por las suyas?  Es importante preguntar para escuchar, sin presuponer que ya conoces todo lo que tenga para decirte. No hay que temer escuchar respuestas que no respondan a los deseos de uno.

 

No esperes que sea un “adivinador” de pensamientos

 

Pídele lo que deseas, en forma sencilla y directa. ¿Tu tono de voz y tu expresión corporal envían el mismo mensaje que tus palabras? Recuerda que pedir no es exigir, ni anteponer un listado de quejas, ni tampoco criticarlo.

 

Habla de modo positivo, nunca negativamente. Una declaración positiva es “quiero hacer el amor contigo más seguido”, “qué bien se sienten tus caricias”, “quiero ver qué tal si pruebas a otro ritmo”.

 

Tampoco hieras su autoestima. En general, suele funcionar imaginar cómo nos gustaría que nuestra pareja nos tratara el tema, si la situación fuera al revés. Cambiar los papeles nos ayuda a ser más empáticos con las emociones de nuestra pareja.

 

Claves para mejorar los encuentros

 

¿Por qué no te animas y le propones ver una película erótica juntos? Dile que te encantaría imitarla y repetir con él lo que están viendo. Suele resultar una buena excusa para practicar nuevas posturas, innovaciones en el juego sexual y todo aquello que creas que los estimulará y servirá para mejorar.

 

Algo importante sucede en el momento de ponerse el preservativo. No tiene por qué implicar un corte del acto (un antes y un después), sino una continuidad, que incluso puede tener un papel erotizante. Algunas ideas: colocarlo vos con tu mano o con tu boca, colocarlo él mientras tú le besas o acaricias los testículos o cualquier parte del cuerpo, o colocarlo los dos juntos (por ejemplo, uno sostiene la punta y el otro lo desenrolla).

 

No nos olvidemos que el cansancio, los nervios y el estrés pueden inhibirlos y provocarles una erección débil o eyaculación precoz. Si esto sucede, no te enojes ni pienses que es algo contra ti. Todo lo contrario: proponle tomar un baño juntos, hacer un masaje relajante, practicarse mutuamente sexo oral o que él te acaricie el clítoris y los pechos para satisfacerte. Acuérdate y recuérdale que resulta bien interesante hacer el amor sin penetración.

 

Los buenos amantes necesitan práctica y aprendizaje. Las habilidades no se improvisan, se aprenden con la experiencia. Esto no significa que nos convirtamos en un manual de técnicas eróticas. Con un pequeño esfuerzo y el tiempo adecuado para experimentar, casi todas las parejas pueden mejorar en el terreno sexual. Puede aprenderse para dejar de ser malos en la cama.

 

Lic. Diana M. Resnicoff, psicóloga clínica y sexóloga clínica.

 

Arquitecto López Quiroga

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Mi primera vez

Mi primera vez fue un desencanto, pero supe que el sexo se aprende.

04 S Mi primera vez fue un desencanto

El goce y sus circunstancias. Las promesas de que ese inicio sería único habían generado una expectativa que no se cumplió. Este testimonio conjuga sexualidad con un momento político oscuro y habla de cómo el placer no debe medirse –ni se define– por una sola vez.

 

Plena adolescencia. La mirada de la autora cuando todo estaba por descubrirse. El placer llamaba a la puerta pero había temor: después de las caricias y los besos, sobrevenía el dolor de panza.

En el Autocine de Villa Gesell vimos Susan y Jeremy, una historia de amor entre una chica que tomaba clases de danza y un chico que tocaba el cello. Fue en febrero de 1976 y lo único que recuerdo de esa película es una escena: en un micro, Susan le decía a Jeremy, después de la primera vez: “Anoche sentí que volaba”. Yo no tenía nada que ver con esa adolescente norteamericana, salvo, tal vez, algo en el pelo. Sin embargo, la frase se me clavó como un mandato universal. Traduje: “La primera vez vuelas”.

 

El noviazgo había empezado ese febrero, con los primeros besos, las primeras caricias robadas a la intemperie, debajo del cielo negro, cuando los interiores aún nos estaban vedados. Las pieles erizadas y unas ganas tremendas de fusionarnos, de ser simbióticos, uno solo.

 

La ropa, fina armadura protectora en esas noches frías del verano atlántico, era la única frontera entre esas ganas y la vergüenza de nuestros cuerpos escondidos. El dolor punzante de la separación hasta mañana se repetía, invariable.

 

No recuerdo cuando apareció el miedo, salvo por un detalle: mi mano que detiene su mano cuando una voz (¿la de Pepe Grillo?) me dice es demasiado. Nunca supe si era un sentimiento compartido o solo mío, por ser mujer. De todos modos, hacer el amor, en ese verano del 76, era algo lejano, teníamos 14 años y no estábamos preparados. Había tiempo para despegar.

 

Pero: ¿qué significaba volar a mediados de los 70? Era un verbo ultra connotado. Sobreadaptado. O sobreadaptados éramos nosotros, chicos porteños de clase media y colegios progres, hijos de la generación de los 60. Mi mamá fue de las primeras camadas de psicología de la UBA. Usó pantalones a los 19, para escándalo de los vecinos de Floresta. Los amigos de mis padres eran artistas, profesionales, de vanguardia. Entonces, ¿A qué oponerme? ¿Cuál era la pelea que debía dar?

 

El mensaje adulto sonaba así: disfruta, suéltate, libérate. Un megadiscurso cultural apuntaba en esa dirección: leíamos El Principito y Juan Salvador Gaviota, escuchábamos Volare en la versión de Rita Pavone. Desde el rock nacional, Los Gatos pedían: viento, dile a la lluvia, que quiero volar y volar. La banda sonora de ese verano del 76, Polifemo, de David Lebon, gritaba: “¡Suéltate, rock and roll!”. Hasta el tango ordenaba: “Vení, volá, sentí”. ¿Contra eso me peleaba? ¿A cierta cantidad de goce imperativo opuse dosis iguales de displacer voluntario?

 

¿Pude ser tan tonta, tan de libro?

 

Otoño del 76. En el secundario me aburro y es mi cabeza la que vuela. Las profesoras explican temas que no me interesan y yo dibujo corazones en un cuaderno esperando, ansiosa, el último timbre: él viene a buscarme.

 

Vamos a caminar abrazados siete cuadras del colegio a mi casa para encerrarnos en mi cuarto y besarnos y acariciarnos y explorarnos toda la tarde. Vamos a escondernos en nuestra baticueva y esperar que nunca sea hora de decirnos hasta mañana. Las manos desabrochan botones, bajan cierres, desanudan lazos. La ropa se suelta, se despega del cuerpo. Mis piernas de pollera corta rozan los jeans que él nunca se saca. Entonces voy a decirle: todavía no.

 

Mientras tanto, lo que se vivía y se respiraba en las calles de Buenos Aires era pura represión. El verbo volar invertía su signo y, como en Lo ominoso de Freud, se cargaba de connotaciones negativas. El peor ejemplo, el más límite: los vuelos de la muerte, en los que los militares arrojaban al agua los cuerpos de los desaparecidos. El 24 de marzo del 76, el día del golpe, mataron a uno de mis primos, hicieron desaparecer su cuerpo. No lo supe hasta mucho tiempo después. En los meses siguientes, amigos, primos, tíos, amigos de amigos “volaban” a Brasil, México, España, Israel.

 

Miro una foto de la que yo era entonces, y veo a una chica seria, triste, preocupada (y algo romántica). Una paradoja: el discurso liberador me resultaba represivo.

 

De ahí, tal vez, mi “deseo de miriñaque”, esa otra armadura que protegía los cuerpos femeninos del exterior y que usaban debajo de sus polleras, como símbolo del cinturón de castidad, las heroínas de las novelas que leía a los 14, 15 años: Madame Bovary, Anna Karenina, Margarita Gautier.

 

Ellas sí que sabían sufrir.

 

A su imagen y semejanza, quería ser una mujer del siglo XIX, quizás como una escapatoria a tanto embrollo insalvable.

 

Otro elemento sumó confusión: las drogas. El mandato de “volar” se transformaba en el dolor de la caída en picada y el ruido de la cabeza que se estampa contra el piso de cemento. Ejemplos, lejanos y cercanos, abundaban alrededor: una estrella de rock, la hija de unos amigos de mis padres… Y un libro terrible, Pregúntale a Alicia, sobre una adolescente yanqui que no podía salir del círculo infernal de la droga. Como en Ícaro, volar era caer. Sin embargo, protegida de esos mundos tremendos (nada de todo eso me pasaba a mí), seguía manteniendo la ilusión de que la primera vez, fija, volaba. Y enseguida sobrevenía el miedo. ¿A la caída o al goce?

 

Hubo otras primeras veces, antesala del debut sexual, que compartimos. Él había sido testigo de mi primera borrachera, en una fiesta en el Año Nuevo de 1976. Y en invierno, con él fui a mi primer concierto de rock: el 6 de agosto, Spinetta presentaba Durazno sangrando en el Luna Park. En ese recital me pregunté si las chicas que agitaban las cabezas como endemoniadas y revoleaban sus remeras, subidas a caballito de los chicos que las sostenían, sentían lo que estaban haciendo, o fingían.

 

¿Se trataba de una actuación?

 

Algo era seguro para mí, que era tan tímida: esas chicas voladoras la pasaban bomba en la cama. Nada las asustaba.

 

En cambio, yo tenía terror. Era una montaña de miedo que ocultaba el deseo y le hacía sombra. Lo invisibilizaba, crecía hasta aplastarlo. Entonces, en esas tardes de besos y caricias exploratorias, sobrevenía el dolor de panza. Me duele la panza era el límite que la montaña de miedo interponía entre el deseo y yo. O entre él y yo, porque no había palabras para decir el miedo.

 

El amor se llenaba de silencios. Y de palabras escritas, nunca dichas.

 

Amorosas cartas con dibujos de noches estrelladas y declaraciones ardientes. Él quería, lo decía. ¿Y yo? ¿Cuándo iba a llegar “mi momento”?

 

Mis amigas tampoco hablaban de sus temores, sino de tamaños, me hizo esto, me tocó o no me tocó. Fui aprendiendo que sobre el sexo, las mentiras son la constante.

 

El verano siguiente, en alguna vereda alta de Gesell, debutamos con Borges (El libro de arena). La literatura fantástica y la ciencia ficción del siglo XX, nuevas vías de escape, reemplazaban las novelas decimonónicas de heroínas histéricas y sufrientes con las cuales me identificaba. Vuelvo a mirar la foto de aquella chica que era yo: ¿y si esa languidez, esa expresión melancólica, fueran también actuación, una pose algo fingida para acomodarme a los tiempos?

 

Otoño del 77. En la calle, en la ciudad, otros miedos reales. Esperar el colectivo en una esquina a las tres de la mañana y ver pasar los Falcon verdes. A veces, el Falcon paraba y dos tipos se bajaban, hacían preguntas capciosas (¿ellos olían el miedo?), nos verían muy pichis, semillitas de perejil, nadas. Y seguían su ruta.

 

Nunca me voy a olvidar de la cara de mi madre esa noche a la salida del Luna Park. Había ido a buscarme en lugar de mi padre, que había tenido su primer ataque de arritmia y estaba internado. Allí, para su sorpresa y espanto, ella vio cómo los camiones de la policía cargaban manadas de adolescentes de pelo largo, una escena a la que absurdamente nos habíamos acostumbrado, la contracara de los Hare Krishna vendiendo revistas y consejos para “volar” a la India, a la entrada de los recitales.

 

A veces, él se cansaba de esperarme. Nos peleábamos, nos alejábamos.

 

Pero no aguantábamos y volvíamos “enteros”. Queríamos compartir esa primera vez, la más importante, la que carga con todos los pesos. Con todas las mitologías. Para los varones, la performance, la potencia, el ingreso al mundo adulto, el ritual iniciático que promueven muchos padres (las prostitutas atesoran más secretos de confesión que los curas). Para las mujeres, el dolor y la pérdida de la virginidad (antes o después del matrimonio, la medida de los milenios cristianos), que arrastra tantos fantasmas. Sin embargo, nada de eso, supuestamente, nos afectaba. Los nidos progres debían dejarnos ajenos a cuestiones consideradas anacrónicas. Para una adolescente como yo, pasar mi primera vez era ingresar al mundo cool de las piolas, las sueltas, las experimentadas (y experimentar era un verbo tan connotado como volar). Sin embargo…    El tiempo vuela, y estamos en la primavera del 77. Mi mamá me acompañó a la ginecóloga y hace un mes que tomo pastillas anticonceptivas.

 

No hay peligro de embarazo. No existe el sida y las enfermedades venéreas son, suponemos, males de prostíbulo. Hay un pacto cómplice entre nosotras que excluye a mi padre celoso (él había sido un músico de ideas avanzadas, pero yo era una hija).

 

Mi momento llegó. El deseo, creo, superó al miedo.

 

¿Qué pasa entonces para que aquella mi primera vez, después de un recital de MIA, en el teatro Santa María de Buenos Ayres, esa chica y ese chico, despojados de toda armadura, en la cama de él, sientan tal desencanto? O mejor dicho: ¿cómo podría haber sido de otra manera? Nosotros dos, vírgenes, ahí, desnudos, en ese cuarto, no sabíamos muy bien qué hacer. Por dónde empezar. Improvisamos. Acaso si hubiera sido más suelta, como las chicas que agitaban sus cabezas en los recitales, si les hubiera hecho caso a mis mayores, habría sentido que volaba. Pero esa noche de la primavera del 77, no volé.

 

Ahora veo las cosas de modo diferente. Como la memoria traza un dibujo caprichoso del pasado, y en ese acto lo constituye, quizás esa noche cumplí con el verdadero mandato. Porque: ¿quién dijo que mi primera vez fue hecha para disfrutar? La primera vez existe para cruzar una barrera tautológica: la pérdida del miedo a la primera vez.

 

Reconstruyo la escena de otra manera: una chica y un chico de 16 años desnudos en una cama. Vienen de un recital. Hace casi dos años que están juntos. Fueron y volvieron.

 

Esta noche, arden. No saben qué hacer.

 

Improvisan. El desencanto los envalentona y los alienta a seguir intentando. Después de todo, es sólo mi primera vez. Segundas partes serán buenas. Y no habrá dos sin tres. Pienso: cuánta razón tenía mi madre cuando el día después me dijo que no me preocupara, que el sexo también se aprende, que el tiempo, y todo lo demás.

 

Arquitecto López Quiroga

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Cuánto se masturban las mujeres

¿Cuánto se masturban las mujeres?

08 S Cuánto se masturban las mujeres

La mayoría de las mujeres mayores de 18 años reconoció, en una encuesta, buscar la autosatisfacción. Analizamos cada cuánto lo hacen, quiénes son las más activas y qué motivos las llevan a encontrar el placer en soledad.

 

Pasan los años y sigue siendo un tema tabú, algo de lo que no se habla ni con la amiga más íntima. Pero la realidad es que la masturbación es una práctica habitual para la mayoría de las mujeres. Lo hacen en secreto y en soledad, en mayor medida que junto a sus parejas como parte del juego erótico.

 

La Encuesta Nacional de Salud y Comportamiento Sexual (NSSHB), realizada en 2009 entre 5.865 ciudadanos de Estados Unidos, dio como resultado que la mayoría de las mujeres mayores de 18 años se masturbaron al menos una vez en el último año. La cantidad tuvo diferencias según la edad: arrancó con el 60% de las encuestadas (de los 18 a 19 años), llegó a un pico del 72% (entre los 25 y los 29 años), y bajó hasta llegar al 33% (en las mayores de 70).

 

Pero, ¿Cuánto se masturban las mujeres? Siguiendo con el mismo estudio, tomemos como ejemplo a la franja más activa, la que va de los 25 a los 29 años. El 5% de ellas se autosatisface más de 4 veces por semana, el 7,9% lo hace entre 2 y 3 veces por semana, el 21,5% lo hace todas las semanas o algunas veces por mes, el 37,2% lo hace todos los meses o algunas veces por año, y el 28,5% no lo hizo nunca durante el año de la encuesta.

 

Respecto a los motivos por los que se masturban las mujeres, la respuesta ganadora es la más obvia: sentir placer. ¿Cuánto placer? Muchísimo. “Con ninguna otra actividad sexual se alcanza un 96% de probabilidades de llegar al orgasmo”, señala el psiquiatra Jesús Ramos, autor del libro Un encuentro con el placer. Explica, además, que casi todas las mujeres multiorgásmicas se masturban. Dos de cada tres reconoce hacerlo para satisfacer la excitación, pero también tiene otras utilidades: el 30% lo usa como sustitutivo de los ansiolíticos, para aliviar tensiones de cualquier tipo (como una entrevista de trabajo o un examen).

 

Hay que tocarse más

 

Si bien muchas mujeres se animan, todavía queda un camino por recorrer hacia la plena liberación sexual. Según la encuesta del NSSHB, solo el 7,9 % de las chicas de entre 25 y 29 años se masturban entre 2 y 3 veces por semana, mientras que el 23,4% de los hombres de la misma edad lo hacen.  Es decir, casi el triple.

 

Los expertos insisten en la importancia de quitarle toda significación peyorativa o negativa a esta “actividad sexual sana y normal”,  tal como la define Andrea Gómez, psicóloga y sexóloga, en una nota “Cuando una mujer conoce su cuerpo y se despoja de prejuicios, tabúes y culpas, se siente más libre y está más cerca de encontrar el placer y la satisfacción que desea para sí misma y también para su pareja sexual”, concluye la licenciada.

 

Fuentes: huffingtonpost.com / nationalsexstudy.indiana.edu / fivethirtyeight.com / quo.es

 

Arquitecto López Quiroga

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La mayoría tuvo sexo con un amigo

La mayoría de las personas tuvo sexo con un amigo

02 S La mayoría de las personas tuvo sexo con un amigo

Tenersexo con un amigo:El 56 por ciento de los participantes de una encuesta reconoció, alguna vez, haber pasado ese límite. Después de un encuentro sexual, ¿la amistad puede continuar? Para el 62 por ciento, sí.

 

Existen diferentes tipos de amigos. Están los de la infancia, que pueden pasar años sin verse pero que cuando se reencuentran parece que el tiempo se hubiese congelado. Están los de toda la vida, esos que nos acompañan en las buenas y en las malas. También están los del trabajo, los del club y los amigos de nuestros amigos. Sin embargo, hay algunos que son especiales.

 

Muchas personas dudan de la amistad entre el hombre y la mujer, pero también hay hombres que aseguran tener una mejor amiga. Como toda relación, cada amistad es única. Pero, ¿qué pasa cuando esa persona nos empieza a mirar con ojos de deseo? ¿Qué ocurre si, además de amistad, hay atracción física? ¿Se pierde la amistad si se atraviesa el límite del sexo? ¿Que pasa si se tiene sexo con un amigo?

 

Por alguna razón cuesta pensar que el sexo y la amistad pueden ir de la mano. Cuesta pensar en sexo con un amigo. Así como están los que piensan que no se puede ser amigo de los hijos, están los que piensan que no se puede ser amigo de la pareja y también están los que creen que si se tiene sexo con un amigo se termina la amistad. Pero también están los que afirman que pueden tener relaciones entre amigos  sin que la amistad se termine, e incluso que la amistad puede resultar fortalecida.

 

Cifras y datos

 

Un estudio realizado por el departamento de educación sexual de PRIME Argentina, sobre una base de 466 personas, dio como resultado que:

 

  • El 68% de los encuestados cree en la amistad entre el hombre y la mujer.

 

  • El 56% tuvo sexo con un amigo.

 

  • El 81%  tiene fantasías sexuales con algún amigo o amiga. Fantasías de sexo con un amigo o amiga.

 

  • El 62% cree que la amistad puede continuar después de tener sexo con un amigo.

 

  • El 31% piensa que la amistad, después de tener sexo con un amigo, puede, incluso, fortalecerse.

 

Distintos tipos de relaciones

 

Hay que diferenciar dos situaciones que tienen puntos en común y también algunas diferencias:

 

1) Los que han tenido sexo con un amigo en una situación especial, muchas veces ayudados por algunas copas de más y un clima festivo. Entre ellos siempre quedará la duda de si el deseo surgió en ese momento o si ya había fantasías dando vueltas.

 

2) Los que no solo tuvieron un encuentro ocasional, sino que tienen relaciones de sexo con un amigo con frecuencia. Este segundo grupo está más cerca de terminar en una relación de pareja, donde la amistad pueda pasar a un segundo plano.

 

Entre el miedo y la aventura

 

El temor de muchas personas es que, al tener relaciones de sexo con un amigo, se termine la amistad. Para evitarlo es importante saber qué se siente y ser sincero con el otro. Pero, aunque las cosas estén claras, siempre existe la posibilidad de que alguno de los dos comience a sentir cosas diferentes, que van más allá de una intensa relación de amistad. Sí, puede pasar, pero también se puede superar.

 

En general, hay que tener en cuenta la información previa que tenemos de nuestro amigo. Para las personas que pueden diferenciar el sexo del amor, esta puede ser una experiencia positiva.

 

En este tema parece que no hay una única verdad. Mientras que algunos afirman que la amistad entre el hombre y la mujer no existe, otros aseguran tener un mejor amigo del sexo opuesto. Sin dudas no hay recetas para fortalecer la amistad, pero hay veces que el sexo es un paso inevitable.

 

Patricio Gómez di Leva, sexólogo.

 

Arquitecto López Quiroga

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Los niños y la masturbación

Los niños y la masturbación

13 Los niños y la masturbación

Hablar del tema ya no es tabú, pero, ¿a partir de qué edad puede suceder? Una psicóloga comparte sus consejos para los padres.

 

La palabra masturbación deriva del latín “manu stuprare”, que significa “violar con la mano” o “seducir con la mano”. También refiere a quedar aturdido. Tiempo atrás se sostuvo la idea del niño inocente, sin actividad sexual, y se consideraba cualquier manifestación como un desvío.

 

Las investigaciones de Freud descubrieron que la sexualidad humana trasciende la genitalidad y que fundamentalmente lo que busca es placer. Comienza desde que el niño nace, con el ingreso de la leche materna al experimentar su primera vivencia de satisfacción. A través del chupeteo el niño intenta repetirla, siendo ésta la primera actividad ligada al autoerotismo y a la búsqueda del placer.

 

La primera infancia es de una gran actividad sexual y se incrementa en la fase fálica que va desde los 3 hasta los 7 años, aproximadamente. En ese momento manifiestan un gran interés por la diferencia sexual anatómica y por el origen de los niños. La zona genital adquiere protagonismo y se ubica en el lugar central de las investigaciones, debido al gran placer que obtienen con su manipulación.

 

¿Por qué se masturban los niños?

 

  • Porque es una forma de explorar y descubrir sensaciones que les producen placer.

 

  • Porque es parte del desarrollo.

 

  • Porque sienten curiosidad por sus propios genitales y por los ajenos.

 

¿Cuándo preocuparse?

 

En ocasiones frente a conflictos familiares, situaciones de violencia o problemas emocionales la masturbación se utiliza como un acto de pura descarga sin ninguna obtención de placer. En otros, puede manifestar una erotización inadecuada para la edad. Suele presentarse acompañado de otras manifestaciones como el aislamiento, la agresión y el no jugar. Aquí denotaría un conflicto que al niño le provoca angustia y no puede expresarlo de otro modo. Es importante realizar la consulta con el pediatra.

 

A partir de los dos años, cuando ya no usan pañales, los niños y las niñas se masturban con frecuencia realizando frotamientos y ejerciendo presión con la mano. Esta actividad prevalece hasta los siete años. Luego, decrece hasta los 10 años, aunque no desaparece. La mejor manera de acompañarlos es no reaccionar, entender que lo realizan como un juego autoerótico.

 

Hay que destacar la importancia de la “intimidad” de ese acto e invitarlos a que lo realicen en su cuarto o en el baño, estableciendo no una prohibición sino un cuidado. Es un momento que puede ser utilizado para hablar del cuidado del cuerpo y para brindarles información de acuerdo a la edad y los intereses del niño.

 

 

Lic. Matilde Boado, psicóloga.

 

Arquitecto López Quiroga

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Mi primera vez fue un desencanto, pero supe que el sexo se aprende.

Mi primera vez fue un desencanto, pero supe que el sexo se aprende.

07 S Mi primera vez fue un desencanto

El goce y sus circunstancias. Las promesas de que ese inicio sería único habían generado una expectativa que no se cumplió. Este testimonio conjuga sexualidad con un momento político oscuro y habla de cómo el placer no debe medirse –ni se define– por una sola vez.

 

Plena adolescencia. La mirada de la autora cuando todo estaba por descubrirse. El placer llamaba a la puerta pero había temor: después de las caricias y los besos, sobrevenía el dolor de panza.

En el Autocine de Villa Gesell vimos Susan y Jeremy, una historia de amor entre una chica que tomaba clases de danza y un chico que tocaba el cello. Fue en febrero de 1976 y lo único que recuerdo de esa película es una escena: en un micro, Susan le decía a Jeremy, después de la primera vez: “Anoche sentí que volaba”. Yo no tenía nada que ver con esa adolescente norteamericana, salvo, tal vez, algo en el pelo. Sin embargo, la frase se me clavó como un mandato universal. Traduje: “La primera vez vuelas”.

 

El noviazgo había empezado ese febrero, con los primeros besos, las primeras caricias robadas a la intemperie, debajo del cielo negro, cuando los interiores aún nos estaban vedados. Las pieles erizadas y unas ganas tremendas de fusionarnos, de ser simbióticos, uno solo.

 

La ropa, fina armadura protectora en esas noches frías del verano atlántico, era la única frontera entre esas ganas y la vergüenza de nuestros cuerpos escondidos. El dolor punzante de la separación hasta mañana se repetía, invariable.

 

No recuerdo cuando apareció el miedo, salvo por un detalle: mi mano que detiene su mano cuando una voz (¿la de Pepe Grillo?) me dice es demasiado. Nunca supe si era un sentimiento compartido o solo mío, por ser mujer. De todos modos, hacer el amor, en ese verano del 76, era algo lejano, teníamos 14 años y no estábamos preparados. Había tiempo para despegar.

 

Pero: ¿qué significaba volar a mediados de los 70? Era un verbo ultra connotado. Sobreadaptado. O sobreadaptados éramos nosotros, chicos porteños de clase media y colegios progres, hijos de la generación de los 60. Mi mamá fue de las primeras camadas de psicología de la UBA. Usó pantalones a los 19, para escándalo de los vecinos de Floresta. Los amigos de mis padres eran artistas, profesionales, de vanguardia. Entonces, ¿A qué oponerme? ¿Cuál era la pelea que debía dar?

 

El mensaje adulto sonaba así: disfruta, suéltate, libérate. Un megadiscurso cultural apuntaba en esa dirección: leíamos El Principito y Juan Salvador Gaviota, escuchábamos Volare en la versión de Rita Pavone. Desde el rock nacional, Los Gatos pedían: viento, dile a la lluvia, que quiero volar y volar. La banda sonora de ese verano del 76, Polifemo, de David Lebon, gritaba: “¡Suéltate, rock and roll!”. Hasta el tango ordenaba: “Vení, volá, sentí”. ¿Contra eso me peleaba? ¿A cierta cantidad de goce imperativo opuse dosis iguales de displacer voluntario?

 

¿Pude ser tan tonta, tan de libro?

 

Otoño del 76. En el secundario me aburro y es mi cabeza la que vuela. Las profesoras explican temas que no me interesan y yo dibujo corazones en un cuaderno esperando, ansiosa, el último timbre: él viene a buscarme.

 

Vamos a caminar abrazados siete cuadras del colegio a mi casa para encerrarnos en mi cuarto y besarnos y acariciarnos y explorarnos toda la tarde. Vamos a escondernos en nuestra baticueva y esperar que nunca sea hora de decirnos hasta mañana. Las manos desabrochan botones, bajan cierres, desanudan lazos. La ropa se suelta, se despega del cuerpo. Mis piernas de pollera corta rozan los jeans que él nunca se saca. Entonces voy a decirle: todavía no.

 

Mientras tanto, lo que se vivía y se respiraba en las calles de Buenos Aires era pura represión. El verbo volar invertía su signo y, como en Lo ominoso de Freud, se cargaba de connotaciones negativas. El peor ejemplo, el más límite: los vuelos de la muerte, en los que los militares arrojaban al agua los cuerpos de los desaparecidos. El 24 de marzo del 76, el día del golpe, mataron a uno de mis primos, hicieron desaparecer su cuerpo. No lo supe hasta mucho tiempo después. En los meses siguientes, amigos, primos, tíos, amigos de amigos “volaban” a Brasil, México, España, Israel.

 

Miro una foto de la que yo era entonces, y veo a una chica seria, triste, preocupada (y algo romántica). Una paradoja: el discurso liberador me resultaba represivo.

 

De ahí, tal vez, mi “deseo de miriñaque”, esa otra armadura que protegía los cuerpos femeninos del exterior y que usaban debajo de sus polleras, como símbolo del cinturón de castidad, las heroínas de las novelas que leía a los 14, 15 años: Madame Bovary, Anna Karenina, Margarita Gautier.

 

Ellas sí que sabían sufrir.

 

A su imagen y semejanza, quería ser una mujer del siglo XIX, quizás como una escapatoria a tanto embrollo insalvable.

 

Otro elemento sumó confusión: las drogas. El mandato de “volar” se transformaba en el dolor de la caída en picada y el ruido de la cabeza que se estampa contra el piso de cemento. Ejemplos, lejanos y cercanos, abundaban alrededor: una estrella de rock, la hija de unos amigos de mis padres… Y un libro terrible, Pregúntale a Alicia, sobre una adolescente yanqui que no podía salir del círculo infernal de la droga. Como en Ícaro, volar era caer. Sin embargo, protegida de esos mundos tremendos (nada de todo eso me pasaba a mí), seguía manteniendo la ilusión de que la primera vez, fija, volaba. Y enseguida sobrevenía el miedo. ¿A la caída o al goce?

 

Hubo otras primeras veces, antesala del debut sexual, que compartimos. Él había sido testigo de mi primera borrachera, en una fiesta en el Año Nuevo de 1976. Y en invierno, con él fui a mi primer concierto de rock: el 6 de agosto, Spinetta presentaba Durazno sangrando en el Luna Park. En ese recital me pregunté si las chicas que agitaban las cabezas como endemoniadas y revoleaban sus remeras, subidas a caballito de los chicos que las sostenían, sentían lo que estaban haciendo, o fingían.

 

¿Se trataba de una actuación?

 

Algo era seguro para mí, que era tan tímida: esas chicas voladoras la pasaban bomba en la cama. Nada las asustaba.

 

En cambio, yo tenía terror. Era una montaña de miedo que ocultaba el deseo y le hacía sombra. Lo invisibilizaba, crecía hasta aplastarlo. Entonces, en esas tardes de besos y caricias exploratorias, sobrevenía el dolor de panza. Me duele la panza era el límite que la montaña de miedo interponía entre el deseo y yo. O entre él y yo, porque no había palabras para decir el miedo.

 

El amor se llenaba de silencios. Y de palabras escritas, nunca dichas.

 

Amorosas cartas con dibujos de noches estrelladas y declaraciones ardientes. Él quería, lo decía. ¿Y yo? ¿Cuándo iba a llegar “mi momento”?

 

Mis amigas tampoco hablaban de sus temores, sino de tamaños, me hizo esto, me tocó o no me tocó. Fui aprendiendo que sobre el sexo, las mentiras son la constante.

 

El verano siguiente, en alguna vereda alta de Gesell, debutamos con Borges (El libro de arena). La literatura fantástica y la ciencia ficción del siglo XX, nuevas vías de escape, reemplazaban las novelas decimonónicas de heroínas histéricas y sufrientes con las cuales me identificaba. Vuelvo a mirar la foto de aquella chica que era yo: ¿y si esa languidez, esa expresión melancólica, fueran también actuación, una pose algo fingida para acomodarme a los tiempos?

 

Otoño del 77. En la calle, en la ciudad, otros miedos reales. Esperar el colectivo en una esquina a las tres de la mañana y ver pasar los Falcon verdes. A veces, el Falcon paraba y dos tipos se bajaban, hacían preguntas capciosas (¿ellos olían el miedo?), nos verían muy pichis, semillitas de perejil, nadas. Y seguían su ruta.

 

Nunca me voy a olvidar de la cara de mi madre esa noche a la salida del Luna Park. Había ido a buscarme en lugar de mi padre, que había tenido su primer ataque de arritmia y estaba internado. Allí, para su sorpresa y espanto, ella vio cómo los camiones de la policía cargaban manadas de adolescentes de pelo largo, una escena a la que absurdamente nos habíamos acostumbrado, la contracara de los Hare Krishna vendiendo revistas y consejos para “volar” a la India, a la entrada de los recitales.

 

A veces, él se cansaba de esperarme. Nos peleábamos, nos alejábamos.

 

Pero no aguantábamos y volvíamos “enteros”. Queríamos compartir esa primera vez, la más importante, la que carga con todos los pesos. Con todas las mitologías. Para los varones, la performance, la potencia, el ingreso al mundo adulto, el ritual iniciático que promueven muchos padres (las prostitutas atesoran más secretos de confesión que los curas). Para las mujeres, el dolor y la pérdida de la virginidad (antes o después del matrimonio, la medida de los milenios cristianos), que arrastra tantos fantasmas. Sin embargo, nada de eso, supuestamente, nos afectaba. Los nidos progres debían dejarnos ajenos a cuestiones consideradas anacrónicas. Para una adolescente como yo, pasar la primera vez era ingresar al mundo cool de las piolas, las sueltas, las experimentadas (y experimentar era un verbo tan connotado como volar). Sin embargo…    El tiempo vuela, y estamos en la primavera del 77. Mi mamá me acompañó a la ginecóloga y hace un mes que tomo pastillas anticonceptivas.

 

No hay peligro de embarazo. No existe el sida y las enfermedades venéreas son, suponemos, males de prostíbulo. Hay un pacto cómplice entre nosotras que excluye a mi padre celoso (él había sido un músico de ideas avanzadas, pero yo era una hija).

 

Mi momento llegó. El deseo, creo, superó al miedo.

 

¿Qué pasa entonces para que aquella primera vez, después de un recital de MIA, en el teatro Santa María de Buenos Ayres, esa chica y ese chico, despojados de toda armadura, en la cama de él, sientan tal desencanto? O mejor dicho: ¿cómo podría haber sido de otra manera? Nosotros dos, vírgenes, ahí, desnudos, en ese cuarto, no sabíamos muy bien qué hacer. Por dónde empezar. Improvisamos. Acaso si hubiera sido más suelta, como las chicas que agitaban sus cabezas en los recitales, si les hubiera hecho caso a mis mayores, habría sentido que volaba. Pero esa noche de la primavera del 77, no volé.

 

Ahora veo las cosas de modo diferente. Como la memoria traza un dibujo caprichoso del pasado, y en ese acto lo constituye, quizás esa noche cumplí con el verdadero mandato. Porque: ¿quién dijo que la primera vez fue hecha para disfrutar? La primera vez existe para cruzar una barrera tautológica: la pérdida del miedo a la primera vez.

 

Reconstruyo la escena de otra manera: una chica y un chico de 16 años desnudos en una cama. Vienen de un recital. Hace casi dos años que están juntos. Fueron y volvieron.

 

Esta noche, arden. No saben qué hacer.

 

Improvisan. El desencanto los envalentona y los alienta a seguir intentando. Después de todo, es sólo la primera vez. Segundas partes serán buenas. Y no habrá dos sin tres. Pienso: cuánta razón tenía mi madre cuando el día después me dijo que no me preocupara, que el sexo también se aprende, que el tiempo, y todo lo demás.

 

Arquitecto López Quiroga

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